Rick Genest

Rick Genest

miércoles, 17 de diciembre de 2014

tatouages ​​à Paris

En el pasado primitivo el tatuaje daba señal de las pertenencias tribales o religiosas, evocaba a los demonios o los dioses, otorgaba poder para luchar o para librarse de la muerte. En su ininterrumpida historia, el tatuaje fue tanto civil como religioso, tanto una aviso de prestigio como de estigma. Servía para distinguir a los jefes o para señalar a los proscritos. Jugaba el papel de un jeribeque importante en la vida expresa del sujeto.

La explosiva moda del tatuaje entre la juventud del siglo XXI ha permitido la oportunidad de montar una exposición sobre los tatuajes de todos los tiempos y todas las clases en el Museo Quai Branly de París (hasta octubre de 2015). Una muestra espectacular como correlato al espectacular crecimiento de los individuos marcados, decorados y escritos.


Tunear nuestro aspecto constituye la histórica misión la cosmética y sobre la cirugía profunda que nos reforma las carnes o las vísceras se añade la cirugía ocasional que nos barniza. Nacer rubios o morenos, de ojos azules o castaños, altos o bajos, no está en nuestras manos pero con esa materia prima legada cabe introducir un proceso superior de elaboración propia. Una manufacturación que en su desarrollo muestra la expresa apropiación de nuestro yo.
La aguja y la tinta inciden sobre el ser en cueros, le redimen del desnudo obvio y anulan la vulgar donación de la herencia. Y no solo para parecer más atractivos como pretende la cosmética sino para llegar a ser teatralmente y hondamente, seriamente otros, puesto que como decía Valéry “nada hay más profundo que la piel”.



No hay comentarios.:

Publicar un comentario